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Homilías


¡Levántate que te llama!

 

En Camino: homilía para la Misa

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR.              Fuente: www.scalando.com

Guayama, Puerto Rico
29 de octubre de 2006
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Las lecturas del XXX Domingo del Tiempo Ordinario

¡Levántate que te llama!

De nuevo nos encontramos con textos que resaltan el valor de los débiles, de los que no cuentan para quienes dominan la historia. En el caso del profeta Jeremías, se trata de los cautivos en Babilonia. La realidad era que el pueblo judío no tenía importancia alguna para el imperio babilónico, aparte de ser una mano de obra barata para sus grandes proyectos. No pasaban de ser parte de la gran masa de gente utilizada. Sus derechos, su dignidad humana, su opinión, su historia no contaban.

Una vez descubrimos que Dios se ocupa de aquellos minusvalorados de nuestro mundo. Del resto de Israel, de los últimos, de los que sobran, como dice la canción. “Aclamen a Israel, lancen vivas al primero de los pueblos”, anunciaba Jeremías. ¿El primero de los pueblos? ¡Pero si eran los últimos!, ¡los ignorados, los ciegos, los cojos, los pobres, los indigentes, los niños…! ¡Pues sí! Esos últimos son los primeros para Dios. Esos últimos, a quienes el mundo niega sus derechos, los utilizan como una mercancía, o los ignoran porque hacen estorbo. Dios extiende su mano para levantarlos de su postración.

Una vez más constatamos que los criterios de Dios no son como los nuestros, los humanos. Así como no “escogió” a un pueblo grande de la antigüedad sino a una masa de esclavos en Egipto, ahora nos muestra que no escogió al gran pueblo  babilónico sino a esa masa de gente explotada en Babilonia o abandonada en Israel. Las palabras del profeta quieren animar a los expatriados y a quienes se quedaron en Israel, para que perseveren con una fe firme en el Dios de la vida y continúen luchando por la dignificación de su dignidad maltratada como personas y como pueblo.

El salmo 126 (125) que proclamamos hoy, es un hermoso testimonio de la acción de Dios en la vida del pueblo. Fue entonado cuando retornó a su tierra después de 49 años de extradición. Si comprendemos el dolor que vivió durante este largo exilio, podremos imaginar la alegría que sintió cuando retornó.

En el evangelio encontramos un relato de milagro, elaborado por la comunidad de Marcos, que testimonia cómo otro “de los que sobran”, se convierte en protagonista de la historia.

Según el texto, Jesús seguía su camino hacia Jerusalén con sus discípulos y una gran multitud. Porque no todos los que iban con él eran discípulos; algunos lo hacían por curiosidad. Hay que caminar pero no como un borrego en la manada. Seguir a Jesús es tener la mente abierta y el corazón dispuesto, las manos libres y los pies firmes para sintonizar con él y continuar su obra salvadora.

Salía de Jericó, distante unos 30 Km. de Jerusalén. Normalmente a las salidas de las ciudades y de los templos, en las plazas, en las calles, en los caminos, o en cualquier sitio donde había aglomeración de gente, se hacían los mendigos. Eran huérfanos, enfermos, ancianos, limitados físicos y hasta avivatos que se aprovechaban de la generosidad de la gente.

Los mendigos sufrían hambre pero no morían de hambre, pues la caridad era obligatoria: “la labor de socorro a los pobres estaba bien organizada entre los judíos. A los pobres del lugar se les repartían víveres semanalmente, que alcanzaban para dos comidas diarias. A los pobres que eran forasteros se les distribuían diariamente alimentos para dos comidas.”[1] Había algo que hacía más daño a los mendigos: la vergüenza. Así lo testifica el relato del administrador infiel: “mendigar me da vergüenza” (Lc 16,3). El escarnio público, el aislamiento y los desprecios eran los que más atormentaban y bajaban la autoestima a estas personas, que en el fondo no vivían sino que sobrevivían.

Por otra parte, “la ideología dominante responsabilizaba al pueblo desvalido por su propia situación y por la situación del país entero. En cierto modo, ser pobre era, en este contexto, algo a la vez social y moral; lo moral adscrito a la condición material objetiva. Ser pobre equivaldría para muchos a ser culpable: el castigo sólo ha venido al mundo por culpa de la gente del pueblo”[2].

Al borde del camino, dentro de ese grupo, estaba Bartimeo (Bar-Timeo = el hijo de Timeo), dedicado a la mendicidad. Un ser humano doblemente marginado: por pobre (mendigo) y por ciego. No obstante su limitación este ciego se convierte, podríamos decir, en la antítesis de Santiago y Juan, personajes que analizábamos hace 8 días.

Así como Bartimeo, los discípulos estaban ciegos  y no lograban entender las características del proyecto de Jesús. Pero este hombre cambia la historia.

Había escuchado hablar de Jesús, de sus obras y de sus palabras. Le habían dicho que era el Mesías, relacionado con David, según la esperanza del pueblo, y entonces gritó con voz fuerte: “Jesús hijo de David, ten compasión de mí”. Una vez más, vemos cómo Jesús es reconocido por los últimos de la sociedad, como decía el profeta Jeremías (1ra lect) “por el resto de Israel: ciegos, cojos, embarazadas y madres con recién nacidos”. Aunque el título “Hijo de David” no sea el más apropiado para Jesús, ya que hace referencia a un mesianismo político militar que no corresponde a su proyecto de vida, no podemos negar que en los evangelios está presente como manifestación de la esperanza que los pobres pusieron en Él.

Este hombre ciego era para mucha gente un insignificante; sólo inspiraba lástima y le daban unas monedas para que no se muriera de hambre. Debía permanecer callado porque no tenía derecho a expresarse. ¿Qué podía aportar un pobre ciego a la sociedad?

“Muchos lo reprendieron y le decían que se callara”. ¿Por qué lo hacían? Tal vez para que no distrajera al Maestro en su última jornada camino a la toma del poder, como ellos lo esperaban. De pronto para no llamar la atención de los guardias romanos, ya que en Jericó había una guarnición romana y como esta ciudad era paso obligado para llegar a Jerusalén, tenían que ser muy cautelosos con la gente que se dirigía a la capital. Tal vez porque Marcos quería resaltar que no solo Bartimeo estaba ciego, sino también sus discípulos, quienes no tenían ninguna claridad sobre Jesús, pues creían y soñaban que el mejor título era el de “Hijo de David”, con la ideología político militar que este título encierra.

A pesar de los reclamos, a este hombre no le importó el decir de la gente y siguió gritando. El que persevera alcanza, decían nuestros viejos. Y Jesús lo escuchó, pues los gritos de un pobre, insignificante para la sociedad, siempre lo hacían detener. Se interesó por él, lo mandó llamar y le dedicó tiempo.

¡Ten confianza! ¡Levántate, que te llama!, le dijeron otros. Así es la vida y así es el seguimiento de Jesús. Mientras unos desaniman, critican y tratan de matar los sueños de los que quieren llegar lejos, otros animan, impulsan y dan la mano. Mientras unos dicen que caminar con Jesús es tontería, otros se convierten en evangelizadores que ayudan a escuchar su llamado.

Ese llamamiento es, sin lugar a dudas, una invitación al discipulado. Así como cuando se detuvo y llamó a unos pescadores de Galilea cuando tiraban de la red (Mt 4,18). Así como cuando por entre la multitud llamó a Leví, el publicano (Mt 9,9) a Zaqueo (Lc 19,1), al joven rico (Mc 10,17-30)

¡Pero qué raro este maestro! Realmente Jesús rompía los esquemas. ¿Un ciego como discípulo? Las escuelas rabínicas se esforzaban por tener discípulos de “buena familia”, gente selecta que le diera categoría. Pero a este Jesús, no contento con tener pescadores, publicanos, celotes y gente de la más baja calaña, se le ocurrió en ese momento llamar a un mendigo ciego. ¡Pues sí! El llamado era para todos; nadie debía sentirse excluido. Para él no había personajes privilegiados ni élites favorecidas.

Y el ciego tomó una decisión inteligente: tiró su capa, “sus seguridades”, sus ataduras, aquello que lo detenía, lo amarraba y le impedía vivir a plenitud. La capa o el manto en la cultura semita oriental, era la exterioridad visible y significaba la identidad de una persona. El ciego dejó la capa a un lado, dio un salto, se puso en pie y se fue por sus propios medios al encuentro de Jesús.

La pregunta de Jesús fue la misma que les hizo a Santiago y Juan, en el relato anterior: “¿Qué quiere que haga por ustedes?”. “¿Qué quieres que haga por ti?”, le preguntó a Bartimeo. Jesús se puso en disposición de servir; para eso había venido a este mundo. Pero mientras que los hijos de Zebedeo, cansados de caminar con Jesús, le pidieron un asiento en el posible trono, el ciego cansado de estar sentado al borde del camino, no le pidió una limosna. ¡Qué tonto habría sido! No le pidió un pedazo de pan, ni un trono. Le pidió lo realmente necesario: “Maestro que pueda ver”.

Aquí no es como dice el adagio popular: “ver para creer”, sino “creer para ver”. “Y enseguida recobró la vista y fue siguiendo a Jesús por el camino”. Bartimeo se convirtió en discípulo de Jesús, que en la mentalidad de Marcos, es el que puede ver.

Necesitaban hacer el proceso de Bartimeo para ser discípulos de verdad. Este es un verdadero modelo de seguimiento, un testimonio de renovación y una gran historia de salvación. Un espejo para vernos y evaluarnos en el camino con Jesús. ¿Somos de los que desaniman?, ¿somos de los que animan a la gente a ser mejores y a caminar con Jesús?, ¿estamos ciegos?, ¿tenemos una religiosidad de mendigos, o estamos dispuestos a pedir la luz para ver bien y convertirnos en verdaderos discípulos?

El llamado es hoy para nosotros. ¡Levantémonos que nos llama! ¡Dejemos las capas tiradas, pongámonos de pie y vayamos a su encuentro! Y, cuando Jesús nos pregunte qué queremos que haga por nosotros, no cometamos la imbecilidad de pedirle una limosna, ni un trono en el falso pedestal de un reino imaginario. Pidámosle su luz para descubrir el sentido de nuestra vida y para comprender su propuesta de salvación. Pidámosle su Espíritu para que nos conduzca siempre firmes en su camino hasta el final.

[1] THEISSEN Gerd, La sombra del Galileo, Salamanca 1988.

[2] ECHEGARAY Hugo, La práctica de Jesús, Salamanca 1.982. 163. Esta postura no se quedó en el pasado. No hace mucho un sacerdote me dijo refiriéndose a los pobres: “ellos viven de los ricos, eso es lo que hacen los pobres: vivir de los ricos… además, algo debieron hacer para estar donde están; eso no es gratis… ”

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Publicado por monicion el 23 de Octubre, 2006, 17:50 Comentarios 66 | Comentar | Referencias (0)

Comentarios sobre el Domingo Mundial de las Misiones

Tiempo Ordinario:

Domingo Mundial de la Misiones Ciclo - B    

Domingo 22 de octubre del 2006                       Fuente: http://webcatolicodejavier.org/lastrespes.html 

LECTURAS:

Transcribo a continuación una anécdota de Miguel Rivilla, que leí en la revista Ave María, nº 668, Procede de la homilía de D. Antonio Montero (obispo de Badajoz, España), con ocasión de sus bodas de oro sacerdotales.

"En una de mis visitas a nuestros sacerdotes misioneros en los Andes de la Amazonia peruana, me encontré a uno de ellos, ya mayor, polvoriento y sudoroso bajo el poncho y cayado en mano. -¿Cómo estás y cómo te va? -Pues, le digo a usted, mi obispo, lo mismo que le digo al Señor cada mañana: repartiendo las tres 'pes': tu Palabra, tu Pan y tu Perdón".

¡Qué hermosa tarea y misión la llevada a cabo por el viejo misionero y por tantos miles de sacerdotes ignorados en el mundo entero! Apenas nadie se haya fijado en su callada y oculta tarea de años. Han dejado jirones de sus vidas en el empeño. No hicieron nunca obras aparatosas y que llamaran la atención de los medios. Ni han levantado grandes edificios, ni han fundado una obra que les recuerde, ni siquiera han escrito un sencillo folleto. Sólo -nada más, pero nada menos- HAN DEDICADO SU VIDA ENTERA A REPARTIR LAS TRES "PES" ENTRE SUS HERMANOS, LOS HOMBRES. ¿Hay quien pueda dar más? Creo que ha merecido la pena, y nuestro sincero agradecimiento.

El siguiente texto fue escrito por Juan Manuel de Prada, en el periódico ABC, el pasado 26-3-2001. Con ocasión del DOMUND, ha sido publicado por la Revista Ave María nº 668. Yo os lo transcribo también, ya que lo considero interesante.

A mi colegio de monjas de la congregación del Amor de Dios iba, de vez en cuando, a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y la epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas como alumbradas por unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro pesetas y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y con suelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan También habían velado la agonía de mucho niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto?

"Un día descubrí que Dios no era invisible recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras-. Su rostro asomaba en el rostro de cada hombre que sufre". Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino. "Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo". Y así se fueron a África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan sólo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.

Si los periódicos dedicasen la misma atención a la epopeya anónima y cotidiana de los misioneros que a este escándalo tan sórdido de abusos y violaciones y embarazos y abortos, no quedaría papel en el mundo. Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y se multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo.

Moniciones y oraciones de los fieles

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Publicado por monicion el 18 de Octubre, 2006, 21:43 Comentarios 77 | Comentar | Referencias (0)

Moniciones para el XXIX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

En Camino: homilía para la Misa

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR.              Fuente: www.scalando.com

Guayama, Puerto Rico
22 de octubre de 2006
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Las lecturas del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

16 de octubre: Fiesta de San Gerardo Mayella

Servir y entregarse

Durante la lenta evolución animal, el “homo sapiens” aprendió que sobrevivían los más fuertes. Ésto despertó en él un natural y necesario instinto de conservación, que lo llevó a aplastar a los demás seres vivos para sobrevivir. El miedo a ser eliminado por los demás dominaba las relaciones entre los seres vivos; el otro ser vivo era necesariamente un adversario. Una vez aparecida la conciencia humana, el miedo, como móvil que impulsa las relaciones interpersonales, debe desplazarse para darle cabida al amor, que hace ver a los demás seres humanos como hermanos.

Aún la humanidad no ha alcanzado tal madurez. En todos habita un deseo natural de sobresalir sobre los demás, de ser reconocidos como importantes según el medio en el que se vive: en la política, en el deporte, en la religión, en las ciencias, en el arte, en la farándula, en todo. En todos hay por lo menos un pequeño deseo de poder, o un tirano en potencia. Ya lo decía Cervantes en boca del Quijote: “a todos nos gusta mandar, aunque no sea más que sobre un hato de ovejas”. “Es mejor ser cabeza de ratón que cola de león”, dice el antiguo adagio español.

Las culturas lo han llamado de distintas formas: El zar ruso, el káiser alemán, el cacique indígena, el emperador romano, el faraón egipcio, el príncipe medieval. El césar, el jefe, el comandante, el patrón, el mandamás, el duro, el soberano, el absoluto, en fin… hasta la Iglesia lo tiene: el Sumo Pontífice.

En algunas personas, por las circunstancias en las que crecen, ese natural instinto se va haciendo más fuerte hasta convertirse en una decisión desesperada por satisfacer sus impulsos de poder, cueste lo que cueste. Estas personas son capaces de matar a su propio hermano y vender a su propia madre para lograr ese propósito y una vez lo logran, quieren más y más porque su sed es insaciable. Ser el jefe y mandar sobre los otros se convierte en una necesidad imprescindible para aceptarse como seres humanos. Esto, según Drewermann, no tiene otra explicación que un extraordinario complejo de inferioridad, porque “si tiene una verdadera necesidad de desempeñar el papel de jefe es porque tiene que dar razón del absurdo de su existencia”[1], pues como dijo Sartre: “detentar el poder, gozar de prestigio ante los demás y ser considerado por ellos, no tiene otra razón  de ser que colmar la sima de su propia insignificancia”[2].

Jesús, sin ser psicoanalista ni existencialista como los dos autores citados, sí conoció lo profundo del corazón humano y descubrió la dureza del hombre cuando se emborracha con el poder. Él mismo sufrió el drama de vivir en una colonia del despótico y criminal imperio romano. Fue testigo de la manera como sus paisanos de la clase dirigente judía, vendían la herencia de Dios a los extranjeros por un plato de lentejas (o sea por conservar sus privilegios). Experimentó en carne propia lo que significaban los impuestos impagables, el desplazamiento, la persecución, la pobreza, la miseria, la desintegración humana que generaba ese orden legalmente establecido.

Por supuesto que estaba inconforme con este orden. Ningún ser humano auténtico puede comulgar con la injusticia y el maltrato a la dignidad de las personas. Pero su propuesta no fue tomarse el poder a la fuerza, como lo esperaban sus discípulos, entre ellos Santiago y Juan, quienes se adelantaron a pedir un buen pedazo en la repartición de la torta. Ya se soñaban como los ministros más importantes del nuevo rey de Israel: uno a la derecha y otro a la izquierda. Los demás se disgustaron, no porque descubrieran la incompatibilidad de la petición con el proyecto de Jesús, sino porque ellos esperaban lo mismo: todos estaban tras el puesto de honor al lado del nuevo monarca.

“No saben lo que piden” dijo Jesús. Una expresión parecida a la que utiliza Marcos en el texto de la transfiguración, cuando Pedro le propuso a Jesús hacer tres tiendas (para no bajar a la llanura sino quedarse en el monte por temor a enfrentar el poder)[3]: “En realidad no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor” (Mc 9,6). Parecida también a una de las frases de Jesús en la cruz: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34ª).

En realidad estos dos discípulos, así como los demás, no sabían lo que pedían. Con mucha frecuencia también nosotros en nuestras oraciones, no sabemos lo que pedimos. “No sabían que lo que pedían” era contrario a lo que proclamaba Jesús. No habían entendido su mensaje y su proyecto. Todo lo que habían visto y oído a lo largo su formación con el maestro, les había pasado por encima, como el agua a las piedras del río: mojadas por fuera y secas por dentro. No sabían que la propuesta de Jesús estaba lejos del proyecto de los grandes de este mundo, famosos por sus conquistas, sus colonias, su poder. No sabían que en el fondo éso no es otra cosa que psicopatologías camufladas en lo que la historia ha llamado “grandes personalidades”.

Jesús anunciaba el reino y ellos, con un modelo preconcebido de los reinos monárquicos y totalitarios de la época, no permitían ninguna variación, sino que se soñaban haciendo parte de un nuevo grupo de privilegiados. Según el falso sueño de los discípulos, en el reinado de Dios instaurado por Jesús se mantendría el mismo esquema de dominio, configurado sobre la misma relación socioeconómica: amos-siervos, ricos - empobrecidos, dominadores - dominados. ¡Claro si los privilegiados somos nosotros, que venga ese reino rápido!

Primero había que volver a aclarar algo: Ya Él les había dicho que iban a tener problemas y que debían contar con la posibilidad de una muerte violenta, pero no le pusieron mucho cuidado por estar soñando con ese idílico reino. Así que una vez más debía corregir la visión triunfalista, nacionalista y militarista de sus discípulos y recordarles el inminente peligro que corrían: “¿Son capaces de pasar el trago amargo que yo debo pasar y sumergirse en las aguas que yo me he de sumergir?”, les dijo. Porque todos esperaban el triunfo del caudillo y beber gratis la copa de la victoria por ser sus amigos. Pero cuando se trataba de trabajar duro, es más, cuando se trataba de beber el trago amargo y sumergirse en las aguas del dolor, lo pensaban dos veces. Sin embargo estos jóvenes, al memos en ese momento de efervescencia y calor, estuvieron dispuestos a jugársela toda para lograr la victoria y el puesto de honor.

No se trataba de tener méritos para lograr los primeros puestos. Ese detalle no le competía a Jesús; éso no estaba en el “presupuesto”.

El Reino propuesto por Jesús y los reinos de la época sólo se parecían en el nombre, mas no en las categorías. El que quisiera participar del reino propuesto por Jesús debía prescindir de cualquier deseo de dominación. Él hablaba de cambiar no tanto los personajes que dominaban, sino las estructuras internas que mueven al ser humano a dominar a los demás. Sus discípulos pensaban que cambiando el dominador vendrían ventajas tanto para ellos como para todo el pueblo.

“No sabían lo que pedían”. No sabían que por bueno que fuera quien dominara, por muy Hijo de Dios, por muy sabio y muy santo, nada iba  a cambiar si se seguía con los mismos esquemas de dominadores – dominados, amos – esclavos.

La propuesta de Jesús no fue cambiar de personaje dominador, sino cambiar primero el corazón humano y a partir de ahí las estructuras de poder. A cambio de una persona ávida de poder, un líder capaz de servir. A cambio de un monarca absoluto, un líder creativo e impulsador de procesos de libertad.

La novedad del reinado propuesto por Jesús, es el servicio y la entrega a los dominados y esclavizados por los poderes temporales de este mundo. Si como Iglesia seguimos manteniendo las categorías de poder y dominio que maneja este mundo, en el que los reconocidos como jefes tratan despóticamente a sus súbditos y los grandes les hacen ver su autoridad, no tendremos nada que ver con Jesús y nuestras Iglesias no tendrán credibilidad. Sepámoslo de una vez por todas: Si queremos hacer parte del reinado instaurado por Jesús, no nos queda otra alternativa que renunciar a todas las estructuras de poder y ponernos de manera especial al servicio de aquellos marginados y excluidos. Como lo hizo Jesús quien no vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida en rescate por muchos.

[1] DREWERMAN Eugen, Clérigos psicodrama de un ideal. Trotta. Valladolid. 1995. 73.

[2] SARTRE Jean Poul, El ser y la nada. En: DREWERMAN E. Op Cit. 74.

[3] Cfr. Domingo 18 del tiempo ordinario ciclo B.

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Publicado por monicion el 16 de Octubre, 2006, 0:47 Comentarios 57 | Comentar | Referencias (0)

Homilía para el XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B

 
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Las lecturas del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

… luego ven y sígueme

Sabiduría es saborear la vida, es saber vivir en armonía con el mundo, con los demás seres humanos y con Dios. La sabiduría no excluye el conocimiento erudito de las ciencias, por el contrario, lo utiliza como un recurso importante. Pero ser sabio no equivale a ser un científico. La sabiduría es más un conocimiento de la vida, de Dios y de todo lo necesario para vivir bien y ser feliz. Sabiduría y felicidad van de la mano.

Aquí la experiencia de todo ser humano es valiosa. Si tratamos de vivir bien al final todos podremos decir algo sobre la vida y sobre cómo vivir mejor como seres humanos. Las escuelas literarias y los maestros de Israel, recogieron la sabiduría popular (refranes, dichos, opúsculos, proverbios, sanciones, máximas, aforismos, etc.) y la consignaron en distintos textos. En la literatura sapiencial judía tenemos libros tales como: los Proverbios, Eclesiastés, Salmos, Sabiduría, etc. Se buscaba que los miembros del pueblo los estudiaran, aprendieran y vivieran en una armonía necesaria que les permitiera ser felices en su entorno vital.

El punto de referencia para las reflexiones sapienciales era el Pentateuco, Torá o Ley de Dios (o sea los libros Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). Según los rabinos, ahí estaba la clave para vivir bien y ser feliz. Si alguien quería ser sabio, debía estudiar la Torá, no tanto para aprenderla de memoria, sino para ponerla en práctica. No tanto para acumular conocimiento y ser reconocido por el pueblo como una persona erudita, sino para que penetrara en la mente y el corazón y transformara la vida, pues, como dice la carta a lo Hebreos (2da lect.): La Palabra es viva y eficaz, más incisiva que espada de dos filos. Se trataba de adquirir, iluminados por la Torá, el punto máximo de madurez humana para conocerse así mismo como criatura y a Dios como creador. Para aceptar la humanidad propia y la de los demás seres humanos.

Desde esta perspectiva, la sabiduría es lo máximo a lo que un ser humano puede aspirar. De nada vale todo el conocimiento científico, todas las riquezas del mundo, toda la fama y todo el poder, la salud y la belleza, si no se sabe vivir en armonía con Dios, con los demás seres humanos y con el mundo, si no se aprende a amar, a disfrutar y a ser felices.

En aquella época era normal acudir a los maestros para recibir claves de vida. El evangelio nos presenta a un hombre que salió a encontrarse con el Maestro del Camino, con el fin de pedirle una clave para alcanzar la vida eterna. Desde la propuesta evangélica, tanto la vida eterna como el Reino de Dios, no son exclusivamente promesas para la otra vida después de la muerte. Son potencias para convertirlas en acto, utopías para hacerlas realidad aquí y ahora, con proyección trascendental. Es decir que tenemos la posibilidad de vivir la vida eterna y el Reino de Dios desde ya. “¿Cómo poseer la vida eterna?”, fue la pregunta del hombre a Jesús.

Lo primero que hizo Jesús fue remitirlo a la bondad de Dios, pues nuestra bondad es sólo participación de la bondad de Dios. Ningún ser humano es pura bondad. Luego lo remitió a los mandamientos, cosa que hubiera hecho cualquier maestro judío y le recordó de manera especial aquellos que están más relacionados con el prójimo: no matar, no robar, no cometer adulterio, no acusar en falso, honrar padre y madre, es decir, no ser injusto. Desde Jesús el primer paso para encontrar a Dios es encontrar al hermano y establecer progresivamente, una relación de fraternidad. Pues como dijo Mário Oliveira: “Solamente cuando esta relación de fraternidad es efectiva, es cuando Dios es honrado y venerado, y la fe cristiana se convierte en un acontecimiento verdadero”[1]

Se suponía que la clave para una vida eterna, sabia y feliz, era la Torá. Pero este hombre del evangelio, aunque la cumplía a cabalidad desde muy joven, no estaba contento, no se sentía pleno. Tenía una sed humana más fuerte de crecer, de ser más, de buscar algo más en la vida. “Todo esto lo he cumplido desde muy joven”, le respondió…

Jesús fijó su mirada en él, le amó y le propuso algo más. Él más que nadie sabía que no bastaba con cumplir los mandamientos. Él más que nadie sabía que los mandamientos son unos mínimos para cualquier ser humano, inclusive para los no creyentes. Como realmente este hombre quería algo más, Jesús le propuso unirse al Reino que él construía. Hacer parte de la causa por la cual él vivía y moriría más tarde.

“Sólo te hace falta una cosa: vete a vender todo lo que tienes y dale el dinero a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme,” le dijo Jesús. Pero, como dice el popular poema español: “poderoso caballero es don dinero”, al oír ésto, el hombre puso mala cara y se fue triste, porque tenía muchas posesiones.

Jesús no le propuso un rito ni tomar alguna pócima que le permitiera poseer la vida eterna. No hubo ningún “ábrete sésamo” para encontrar los tesoros del Reino. Hubo una propuesta que implicaba toda la vida. Pero no fue aceptada. El dinero compartido pudo ser un instrumento para adquirir un tesoro en el cielo, pero en este caso no fue así. En este caso el hombre optó por el dinero. Pudo más su apego a las riquezas que la propuesta de Jesús.

El hombre, desde su posición privilegiada, tuvo una sed de perfección y unos arrebatos de santidad. Suele ocurrir algunas veces cuando leemos historias de santos, cuando participamos de un retiro, de una jornada intensa de oración, de una Semana Santa, o cuando salimos, con la ayuda de Dios, de alguna dificultad.  Deseos que muchas veces, como la semilla que cayó entre abrojos (Mc 4,18), nacen con muchas ganas, pero las promesas engañosas de la riqueza y las demás pasiones juntas, terminan ahogándolos. Si realmente buscamos algo más, si realmente queremos seguir a Jesús y ser santos como Dios es santo (Lev 11,44), misericordiosos como Dios es misericordioso (Lc 6,36), sepamos que la propuesta será siempre la misma: desprendimiento y disponibilidad para poner al servicio de la humanidad lo que somos y tenemos.

Se fue y Jesús no podía detenerlo, nunca detuvo ni obligó a nadie; anunció a todos la Buena Nueva y les ofreció su camino, pero no podía minimizar la radicalidad de su proyecto con el fin de ganar adeptos. Lo miró y lo amó sinceramente como ser humano, apreció su deseo de participar en la vida eterna, pero lo dejó marchar libremente cuando así lo quiso.

Luego dirigió su mirada alrededor, al panorama, como quien contempla la vida, como quien va descubriendo el corazón humano. Quedaban sus discípulos, quienes estaban con él, pero su corazón lo tenían en otra parte. A ellos les hizo este comentario: “¡Qué difícil va a ser que los que tienen la riqueza entren al Reino de Dios!” Hemos dicho que cuando se habla de Reino de Dios no hablamos exclusivamente de la otra vida.

Jesús no habló ahí de la salvación o la condenación después de esta vida, sino de la dificultad que tenían los que poseían riqueza para unirse a su causa. Para reforzar esa idea acudió a una exageración: “Hijos, ¡qué difícil es entrar al Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre al Reino de Dios.”

¿Quiénes han hecho los cambios históricos? ¿Los de arriba? ¿Quiénes han realizado verdaderos cambios estructurales, transformaciones sociales, políticas, religiosas, culturales y económicas? ¿Los que tienen el poder? No. Los que tienen el poder no lo quieren soltar. Los que tienen la riqueza buscan conservarla de cualquier manera. Es muy difícil que acepten un nuevo orden.

Y no se trataba solamente de los que tenían riqueza efectivamente, sino de la natural codicia que habita en el corazón humano. Codicia que animaba también a los discípulos, quienes esperaban no solo alguna contraprestación por el seguimiento, sino un puesto privilegiado en el reino que soñaban.

Si en todo ser humano hay codicia, deseos de poder, afán de riqueza en mayor o en menor grado, si ellos mismos que estaban con Jesús, aunque eran pobres, esperaban ser ricos… ¿entonces quién puede salvarse?, preguntaron sus discípulos. Esta vez la mirado la dirigió a ellos. “Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo esto es posible”, les respondió. Si permitimos que Dios entre en nuestra vida, si ensanchamos el corazón para que la bondad infinita entre a nosotros, seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja y entrar en el Reino de Dios.

Vender todo y dárselo a los pobres, no podría ser tomado literalmente a tal punto de quedarnos en la calle por ser “generosos”, o tal vez por irresponsables con nosotros mismos. A nadie se le ocurriría hoy cortarse una mano, un pie, o sacarse un ojo, si cualquiera de esos miembros pusiera en peligro la fidelidad al mensaje (Mc 9,43-48 /Mt 5.29-30). A nadie se le ocurriría odiar a padre y madre, sería además contrario al mismo evangelio (Lc 14,26). Éstos, como muchos otros textos, establecen condiciones de seguimiento dentro de la categoría de formulaciones extremas. Quieren expresar la radicalidad de la opción por Jesús, en las condiciones de vida denigrante a que se ven forzados muchos seres humanos.

Algunos dicen que dejarlo todo y seguir a Cristo, es una invitación para los religiosos y religiosas, quienes hacen votos, o los llamados consejos evangélicos Pero la propuesta de Jesús no fue ni un consejo, ni menos para una élite especial, sino para todo aquel que quisiera seguirlo.

Ésta no es una defensa del descuido ni de la mediocridad, con la que muchos asumen la vida sin preocuparse por su bienestar y el de su familia. No es un llamado a multiplicar la pobreza ni a sumarnos a las masas de indigentes. No es un llamado a derrochar irresponsablemente todo lo que se adquiere, ni a dar a todo el que pide sabiendo que hay personas que se aprovechan de la generosidad de la gente. No es una exaltación de la miseria ni de la carencia de bienes como un valor. Jesús mismo no fue un asceta que pasara ayunando todo el tiempo. Por el contrario, los evangelistas lo presentan muchas veces disfrutando la vida en fiestas (Jn 2,1ss) y en banquetes (Lc 7,36; 11,37; 14,1; 9,12. Mc 2,15; 7,1. Mt 9,10; 11,18. Jn 21,9). No sólo se dejó invitar sino que invitó y presentó la relación Dios - ser humano, con un banquete (Jn 6,1-15; Lc 15,23; Mt 22,4).

Ésta es una invitación a optar por una forma de vida que no esté dominada por el dinero, sino por Dios. A que nunca nos consideremos propietarios exclusivos de nada y que pongamos a disposición de los demás lo que somos y tenemos, especialmente a favor de aquellos a quienes nuestra sociedad les niega los derechos fundamentales. Los pobres, los más necesitados de la generosidad humana.

“El mensaje de Jesús plantea una alternativa al poder que en este mundo ejercen la riqueza y el dinero. Allí donde éstos se erigen en valores supremos, todo queda supeditado a ellos: el rasero por el que se miden los seres humanos es su capacidad adquisitiva, no su propia dignidad; lo que cuenta es el lucro y la ganancia, no el bien del hombre; el summum de la felicidad está en poseer sin freno ni medida, alcanzar el máximo poder y subir socialmente lo más alto posible; y las relaciones hu­manas se tornan opresivas y competitivas. Donde reinan el dinero y la riqueza, reinan la inhumanidad y la injusticia.

En cambio, donde se asume y se vive el mensaje de Jesús, se produce el efecto contrario: el valor supremo es el hombre a cuyo bien se supedita todo; lo que cuenta es la dignidad humana, no el dinero o los bienes materiales que se poseen; lo que hace feliz es el amor, que se traduce en generosidad, solidaridad y entrega; y las relaciones humanas se vuelven cordiales, respetuosas, justas y fraternas. Donde reina el mensaje de Jesús, reina Dios y con él la libertad, la justicia y la paz.”[2]

De esta manera haremos parte del Reino de Dios promovido por Jesús y seremos capaces de abrir caminos nuevos en nuestra historia,  para crear entre todos, con la ayuda de Dios, una nueva humanidad. “Para los hombres esto es imposible pero no para Dios, porque para Dios todo esto es posible.”


[1] DE OLIVEIRA Mário, ¡Fátima nunca más! Ed. Campo das Letras, Portugal 1999. En: RELAT 223.

[2] CAMACHO ACOSTA Fernando, Jesús, el dinero y la riqueza. En: Revista Latinoamericana de Teología, RELAT 248.

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"Dando la Vida por la Abundante Redención"

Publicado por monicion el 9 de Octubre, 2006, 16:48 Comentarios 46 | Comentar | Referencias (0)

Homilía para el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

En Camino: homilía para la Misa

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Autor: Neptalí Díaz Villán CSsR.                                 Fuente: www.scalando.com

Guayama, Puerto Rico
8 de octubre de 2006
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Las lecturas del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

AMOR CREADOR

No podemos encontrar en el Génesis teorías sobre el origen de las especies y la aparición del ser humano sobre la tierra. No es un libro científico, ni una narración periodística de los acontecimientos. Es una narración mitológica, propia de su tiempo y de su espacio, que nos deja ver la bajeza y la grandeza, los peligros y las posibilidades, el barro y el espíritu que habitan en todo ser humano. No pretende decir la última palabra sobre cómo aparecieron los seres humanos, sino proponer cómo vivir plenamente como tales, a nivel personal, familiar y comunitario.

Ya desde tiempos antiguos existía la costumbre de echarle la culpa a Dios sobre los males que vejan al ser humano. ¿Por qué se sufre, por qué hay personas dominantes y hay dominadas, por qué los desastres naturales, por qué el engaño, la guerra, la destrucción…?

Dentro del marco histórico de la edad antigua, se decía: “Dios, o los dioses, lo quisieron así”. “Es voluntad de Dios”. “Es una prueba de Dios”. “Es un castigo de los dioses por la desobediencia a sus leyes…” A lo que no se tenía respuesta, se decía que provenía de los dioses.

El Génesis “libra” a Dios de toda responsabilidad acerca del mal que hay en el mundo y lo presenta como principio creador de todo lo bueno: “Y vio Dios que todo lo que había hecho era bueno” (Gen 1,25b).

El texto que hoy leemos quiere responder a preguntas tales como: ¿por qué hay matrimonios infelices? ¿Por qué muchas veces se unen diciendo que se aman y luego se separan diciendo que no se soportan? ¿Por qué un día se desean, se extrañan, se buscan, se acarician, hacen de los cuerpos lugar de encuentro, y beben su vino hasta embriagarse, y otro día se detestan, se maltratan, se destruyen? ¿Por qué hay hombres que someten a sus mujeres? ¿Por qué hay mujeres que utilizan a sus maridos?

El Génesis dice que los desequilibrios sociales, así como la desigualdad entre el varón y la mujer, son responsabilidad de ambos debido al rompimiento con el amor original querido por Dios. Los dos rompen el equilibrio cuando se dejan dominar por su natural deseo de poder. Cuando se dejan conducir más por el barro que hay en ellos que por el espíritu con que Dios los ha insuflado.

La persona humana no nace terminada, es un ser en proyección. A partir de lo natural dado, tiene la responsabilidad de construirse teniendo en cuenta el molde que Dios ha puesto: su imagen y semejanza. Puede erigirse con el modelo divino y ser misericordioso como él es misericordioso, santo, como él es santo, o rebajarse al nivel de las bestias. Puede dejar que el Espíritu de Dios habite en él y lo capacite para amar, servir, comunicar vida y ser feliz, o dejarse arrastrar por la codicia, el egoísmo o el odio, y actuar de la manera más vulgar y rastrera.

A los fariseos no les interesaba el mensaje de Jesús. No querían escuchar su enseñanza para tratar mejor a sus mujeres y para construir un matrimonio feliz. Su intención era probarlo, acorralarlo, hacerlo caer o ridiculizarlo. “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”, le preguntaron. La pregunta fue formulada desde una óptica machista y legalista. Si vamos a la ley, descubriremos que sí lo permitía: “Si un hombre toma una mujer, y después de haber cohabitado con ella, viniere a ser mal vista de él por algún vicio notable, hará una escritura de repudio, y la pondrá en mano de la mujer, y la despedirá de su casa” (Dt 24,1).

El divorcio era una costumbre muy difundida en el mundo judío y grecorromano. Una mujer que ya no le gustara a su marido porque dejara quemar el pan o las lentejas, porque había perdido su belleza debido a múltiples alumbramientos, o porque hiciera algo que molestara a “su señor”, él podía darle tranquilamente el acta de divorcio y “te vi”, “adiós”, “muchas gracias…” Había mujeres que después de haber servido al marido durante muchos años, casi como esclavas, de un momento a otro recibían un acta de divorcio y “que te vaya bien”. Pero ¿qué pasaba si la mujer quería divorciarse porque era maltratada? ¡Pues de malas, a aguantar se dijo! ¡Así de sencillas eran las cosas!

¿Cuál fue la actitud de Jesús? Él mostró una relación muy amplia y libre no sólo con las tradiciones e instituciones de su pueblo, sino también con la Ley de Moisés, que era lo más sagrado e incuestionable. A la ley nadie se atrevía a cuestionarla, pero cada maestro la interpretaba según su acomodo o su tendencia político-religiosa.

Sobre este tema todos los maestros estaban de acuerdo en que había divorcio únicamente cuando el hombre así lo determinara. No había acuerdo en cuanto al por qué, cuándo y cómo; el hombre tomaba esa determinación. 

Obviamente Jesús no podía callar ante esa injusticia. Se trataba de una ley injusta que satisfacía los anhelos egoístas de los varones y justificaba la dominación sobre las mujeres. Pero para remediar la situación no propuso el desquite ni la posibilidad de separarse cuando cualquiera de los dos así lo quisiera.

Empezó por descubrir las limitaciones de la ley mosaica que debía ser provisional y no absoluta. Lo hizo de una manera muy delicada con los sentimientos religiosos. Dijo que Moisés había dado esa ley debido a la dureza de corazón del pueblo. Una manera muy respetuosa de decir: “Yo no estoy de acuerdo”. No se limitó a afirmar si se podía o no se podía aprobar el divorcio desde la ley. No promulgó leyes nuevas. Más importante que decir si era lícito o no era lícito, propuso fundar la unión matrimonial en el amor creador de Dios.

En el Génesis tenemos dos relatos de la creación. Uno elaborado por la escuela Yavista (Gen 1-2,4ª) identificado con la letra “J” y el otro elaborado por la escuela Sacerdotal (Gen 2,4bs), identificado con la letra “P”. La escuela “P” (1 lect) presenta la mujer como una ayuda y compañía para el varón, mientras que la escuela “J”, pone su énfasis en la igualdad de géneros. Según la escuela “J”, como los dos fueron creados a imagen de Dios, debían tener una relación igualitaria.

Jesús tomó los dos relatos y los fusionó para fundamentar su propuesta: “Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo hombre y mujer (Gen 1,27 - escuela “J”). Por eso, el esposo deja a su padre y a su madre y se une a su esposa, y los dos llegan a ser una solo carne” (Gen 2,24 - escuela “P”). La conclusión de Jesús fue: “Por consiguiente, lo que Dios unió no debe separarlo el hombre.” (Mc 10,9).

Con esto superó el legalismo rabínico y dejó sin piso la visión de la mujer como un patrimonio del varón o como un objeto que se podía utilizar y luego desechar. Los relatos de las escuelas “J” y “P” son complementarios, pues debe existir ayuda, pero no una ayuda sumisa y servil desde la mujer para el varón, sino una ayuda mutua en igualdad de condiciones. 

Esto no lo entendieron los discípulos que, cuando llegaron a la casa volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y al acercársele los niños para que los bendijera, los reprendieron y trataron de impedirlo. Según la mentalidad de la época, un maestro no debía “perder su tiempo” con niños y con mujeres; éso le hacía perder credibilidad y autoridad. Pero a Jesús no le interesó la fama de maestro respetable, sino mostrar el amor de Dios, el único capaz de transformar el corazón humano y llevarlo a la plenitud de su vida. Por eso acogió con amor a todas las personas, de manera especial a quienes les negaban el derecho a vivir en dignidad. A quienes “no valían” para los ojos del mundo judío. Por eso puso como ejemplo a la viuda pobre (Lc 21,1ss), a la mujer sirofenicia (Mc 8,24ss), al centurión romano (Lc 7,1-10), a la mujer hemorroisa (Lc 8,43ss)... Por eso acogió y bendijo a los niños, y propuso la igualdad entre el varón y la mujer.

Con todo ésto no se busca hacer más pesada la cruz de una pareja cuyo matrimonio es inviable, diciéndole que si se separan están contra la voluntad de Dios. Y en el caso de que se separen, no podrán volver a unirse con otra persona porque estarán en pecado. No se trata de calificar con epítetos tales como: concubinos, amancebados, bígamos, adúlteros y pecadores a quienes habiéndose separado se hayan unido por segunda vez con otra persona.

Se trata de que cuando una pareja decida casarse, lo haga desde su libertad y madurez humana, y con la fuerza plenificante del amor creador de Dios. Que cuando esa pareja pase por momentos difíciles, como los pasamos todos los seres humanos, no tome el camino más fácil de separarse, sino que acudan a aquel que los ha unido, pues sólo con su ayuda podrán llevar a plenitud esa utopía. Si después de agotar todos los recursos para mejorar, la relación es inviable, no podemos decir que es voluntad de Dios que dos personas vivan juntas y se amarguen la vida. Ni tenemos el derecho a condenar en nombre de Dios a que alguien viva solo por haberse equivocado una vez.

El matrimonio no es un fin, es un medio que busca generar un espacio para que las personas realicen plenamente sus vidas, no para que las frustren. No podemos convertir los medios en fines absolutos. Lo único absoluto es Dios y su amor creador, que dinamiza nuestra historia y nos ayuda a descubrir cada día nuevos caminos para hacer que nuestra humanidad viva y sea feliz.

Estos textos nos ayudan a fundamentar el matrimonio indisoluble como ideal ético, tal como lo tenemos en la actual legislación eclesial. Pero más que eso es una invitación a volver al amor creador de Dios que nos capacita para dar sentido pleno a nuestro amor humano. Desde ahí podemos desplegar toda nuestra vida, incluyendo nuestras relaciones familiares.

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Publicado por monicion el 2 de Octubre, 2006, 18:26 Comentarios 56 | Comentar | Referencias (0)

 

 

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